La increíble peripecia de Don Juan Agustín Pérez de Gumiel, (Alias Juan Ruiz de Valenzuela), sentenciado en 1729 por mahometismo. Entre la masonería, el catolicismo y el islam.

COMENTARIO

De linaje de origen morisco , los granadinos Gumiel (Pérez de Gumiel), dice  Enrique Soria Mesa que se trata de “una de las principales familias de la segunda etapa de estos moriscos tardíos, que destacó sobre todo en la segunda mitad del Siglo XVII y durante las tres primeras décadas del XVIII… muy ricos, entre ellos y los Álvarez y Aranda Sotomayor, dibujaron un escenario endogámico complejísimo. (1). A este linaje pertenece el protagonista de lo que llamaremos grupo de “musulmanes ricos e ilustrados”, de nombre Juan Agustín Pérez de Gumiel, nacido en la ciudad de Granada en 1703, procesado a los 26 años. Siendo soltero y sin oficio, fue sentenciado por la Inquisición de Granada en mayo de 1729, “por observante de la Secta de Mahoma como catequizador y secuaz de ella y ser de familia y descendencia de moriscos”.

Figura 1: Folio del proceso inquisitorial contra Juan Agustín Pérez de Gumiel, en 1745. En éste  se recogen las prácticas musulmanas del granadino .

 

TRANSCRIPCIÓN:

«…  se le sentenció y despachó a el reo en Auto particular, público de ocho de Mayo de mil setecientos veinte y nueve, con abjuración y reconciliación formal y confiscación de todos sus bienes, habito y cárcel por seis meses y desterrado a ocho leguas en contorno de dicha ciudad de Granada.

Este supuesto consta de esta su (?) que hallándose el reo preso por el Vicario de Beas y en la casa Eclesiástica, se delató por descargo de su conciencia en los días 13, 14, y 15 de Diciembre de 1743, diciendo que se llamaba Juan Pérez de Gumiel ,aunque en Beas se había apellidado  con el apellido de su madre y nombrándose Juan Ruiz de Valenzuela, natural de Granada de cuarenta y dos años, descendiente de moriscos, que decía haber sido catequizado e instruido en la secta dicha por su madre siendo pequeño y observándola por el tiempo de trece o catorce años y siendo el Reo de mas de veinticinco fue preso y reconciliado formalmente por el Tribunal de Granada con seis meses de penitencia y cuatro años de destierro que aunque no ignoro quedar envilecido por no poder ascender a cosa honrosa, no previno si esto sería solo por tiempo determinado o por toda la vida. Que cumplida su penitencia y con la venia del Tribunal pasó a Córdoba y desde allí y por Febrero del año mil setecientos treinta a Sevilla, donde se mantuvo algunos días hasta que se acomodó en casa de su tía Doña Luisa Valenzuela, mujer de Melchor Lardevilla, valenciano, lustrador de rasos, la cual por haber siempre ausente de sus parientes parecía no había seguido dicha secta de Mahoma, que acomodado el reo en casa de Don Francisco Velasco Patiño, difunto, administrador que fue de la Pólvora y Municiones de dicha ciudad de Sevilla y cesando con la muerte del dicho Patiño el empleo del reo de ser Cajero o contador, al tiempo que fue electo Vicario de Beas, Don Andrés Marroquí de la Flor,de la OrDen de Santiago, anterior al presente Vicario de  Beas, de dicha Vicaría, conocido del reo y amigo de su amo el citado Patiño, le aconsejaron Doña Inés y Doña Gabriela Salazar, hermanas y beatas que habían sido en el Beaterio de San Francisco de aquella ciudad y salieron de él para servir de amas al citado Patiño que se fuese a Beas con el dicho Vicario Marroquí, antecesor del actual, quien favoreciéndole le llevó consigo e hizo su notario en Diciembre del año mil setecientos treinta y seis, lo que resulta ser así de título que le despachó al Reo y de su aceptación y juramento, que haciendo servicio que con los intereses que produciría dicha notaría podría dar a la imprenta cuatro tomos de lo substancial de muchos libros espirituales con el título de año santo , precediendo antes la censura de hombres doctos….»

Esto lo dice el Fiscal del Santo Oficio del Tribunal de Murcia en 1745, en la acusación construida para llevar a cabo un nuevo proceso Inquisitorial en el que desgrana la trayectoria de Juan Agustín, en los 16 años que median entre su juicio de 1729 y el final del segundo proceso de 1545.

Apenas cumplidos los seis meses de penitencia impuestos en la sentencia, Juan solicitó permiso del Tribunal de Granada para cumplir la pena de destierro en Córdoba, desde donde se trasladó en febrero de 1730 a Sevilla, siguiendo lo que parece ser un recurso común a los linajes tardomoriscos (con parientes por toda Andalucía), acomodándose en la casa de su tía, Doña Luisa de Valenzuela, la cual, según declara Juan Agustín, “por haber sido siempre ausente de parientes, no habría seguido dicha secta (de Mahoma) “.

Unos meses más tarde Juan Agustín, encuentra trabajo gracias a los contactos con dos hermanas beatas (Inés y Gabriela Salazar, probablemente moriscas) como contable y cajero de Francisco Velasco Patiño, administrador de la Pólvora y Municiones de la ciudad de Sevilla.

Cesó en este trabajo con la muerte del dicho Patiño y nuevamente, por contacto con las hermanas, acaba aceptando el oficio de Notario eclesiástico del recién nombrado Vicario de Beas, Don Andrés Marroquí de la Flor, en Diciembre de 1736, aunque para esas fechas, ya no será el  morisco sentenciado en Granada  Juan Agustín Pérez de Gumiel, sino que el nombramiento y título que le expide el Vicario Marroquí es a nombre de su nueva identidad como Juan Ruiz de Valenzuela., un nombramiento que hubo de pagarse con algunos ducados de la fortuna de Gumiel para favorecer a su «alter ego» el recién nacido Ruiz de Valenzuela.

Figura 2: Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Beas de Segura, sede de la vicaría y de la notaría eclesiástica de Juan Agustín.

Parecía que el pasado iba a quedar en el olvido, con lo que Juan se impuso una tarea que podría darle una patente de buen cristiano, pero que más adelante le costará el enfrentamiento con el nuevo vicario que sucede a Marroquí, : escribir en cuatro tomos la vida y obra espiritual de Santo Tomás, de Villanueva, a cuyo fin comenzó a reunir documentación sobre el personaje y tomar numerosas notas y citas de sus lecturas. (2)

Juan Agustín tenía un plan que fue ejecutando paso a paso. Cambio de nombre, adopción del oficio notarial, de prestigio por su cercanía a la Iglesia (notario eclesiástico por cédula del Vaticano), el siguiente paso era entrar en la Iglesia, adoptando las Órdenes Menores y recibiendo la tonsura correspondiente, lo que le costó sus buenos 96 ducados. Para borrar cualquier rastro de herejía inició un cuidadoso proceso de confesiones ante presbíteros y comisarios del Santo Oficio tanto para  prevenir de futuros tropiezos como para echar tierra sobre los pasados. Así, con ocasión de estar de misiones en Vélez, se confesó en 1742 con el Reverendo Cristóbal de Rojas, del oratorio de San Felipe Neri de Málaga.

 

 

Figura 3: Oratorio de San Felipe Neri en Málaga, residencia del Reverendo Cristóbal de Rojas, confesor de Juan

 

Ante Cristóbal de Rojas, confesó su verdadera identidad y la sentencia que había recibido en 1729 en el Auto de Fe de Granada, lo que le parecía necesario por si, en el futuro, alguien descubría su verdadero nombre e historia, él siempre podría (como así hizo) decir que ya había confesado esas imputaciones. Por el mismo motivo, pidió al dicho Cristóbal de Rojas que lo bautizase, ya que también en confesión dijo al sacerdote que sospechaba que no había sido bautizado como manda la Iglesia, puesto que su padrino  había sido su tío Francisco Enríquez de Lara, ya difunto, padre de las Boticarias de Bibarrambla sentenciadas en 1729. El cura que lo bautizó fue un tal Aróstegui, que sería, según el reo,  también granadino de “mala raza”. Finalmente (no sabemos si hubo más ducados por medio), el tal Sebastián de Rojas accedió a bautizar a Juan, sub conditione y a puerta cerrada en la propia Vicaría de Beas.

En 1738 después de pagar los 96 ducados, se le planteó el problema de recabar los testigos que requería la demostración de limpieza de sangre, necesaria para validar su ordenación de Menores y la Tonsura, obstáculo que solventó de la siguiente manera: en primer lugar, falsificando una partida de bautismo en Sevilla la cual firma Juan de Soto, barbero sevillano (¿otro morisco?), como falso padrino y a quien hubo de contar su sentencia en Granada y el apuro de no poder ordenarse. Luego se inventó tres testigos supuestos que firmaron su limpieza de sangre y todo ello se presentó al examinador, en este caso el cura de Chiclana, que, sin demasiados escrúpulos, lo pasó a Santa Cruz de la Zarza como consta en el Libro de Órdenes que presentó Juan Agustín.

 

Figura  4: Santo Tomás de Villanueva, el Santo sobre  cuya vida y doctrina escribiría Pérez de Gumiel.

 

Este elaborado trampantojo, empieza irse al garete cuando fallece el Vicario Marroquí y accede a la vicaría Sebastián Rodríguez de Biedma. El nuevo Vicario se atreve a apresar a Juan Agustín y denunciarlo al Santo Oficio, manifestándole  una  feroz inquina que quizá tuviera que ver con la imprudencia de Juan Agustín que había denunciado a su vez  al nuevo Vicario por introducir prostitutas en la Vicaría. Ciertamente, el tribunal pudo acumular una nueva causa a la de Granada del año 1729, pero ya en esta segunda  hubo alguna metedura de pata del reo, pues se le habían requisado sus falsos papeles  junto con  un calendario lunar fijado a su puerta, esencial para seguir el Ramadán), y pese a que arguyó una serie de disparates sobre el uso adivinatorio del dicho calendario, el tribunal tampoco vio especiales herejías, máxime cuando el reo había recibido las Órdenes Menores y la autorización papal para ejercer la Notaría Eclesiástica.

Lo más grave para su proyecto de reinvención, se produjo cuando, sin que nos conste ninguna presión para que lo hiciera, confiesa en septiembre de 1742 que había viajado a Marsella para ser admitido en la Logia masónica de San Jacques, , contándole al tribunal de Santo Oficio de Murcia, las contraseñas y señales para identificarse ante otros “francmasones” como los denomina. También confiesa que es íntimo del Conde de Naval, el cual es también francmasón.

Figura 4: Folio del Proceso inquisitorial seguido contra Pérez de Gumiel en el que se reconoce por este sus contactos con la Francmasonería.

TRANSCRIPCION:

 

«……Cuando fue admitido en Marsella en dicha Junta de francmasones, después de hecho el juramento se le previno por el Presidente el que dicha congregación se llamaba de San Jacques, nombre genérico para todas y que era una de las señales que también estaban escritas en el libro Almach de que tenía hablado el reo, que también le previno que nunca fuera el primero en hacer la señal y que por usar su santo y seña, le advirtió que podía ser recibido sin que concurrieran a lo menos si eran bastantes por capítulo, y que regularmente asistirían todos, y que habiendo 5,2, , uno habían de ser maestros y los demás oficiales y a los de 7 a proporción que el juramento de secreto y pena capital que se supone lo de cortarle la cabeza, lo que primero se le saca la lengua y el corazón y que a esto aluden las señas de poner la mano en la boca o en el corazón y en el pescuezo y que se ha de corresponder a cualquiera con las seña y que para testificarse y no ser engañado entraban las demás preguntas individuales y tomarse las manos.

P a 322 a 325 y B . Articuló el Reo defensas y se aminoraron a su favor por testimonios que citó que son los reverendos padres  D. juan Herrera, Don Antonio de Griñón y Don juan de Oviedo, religiosos sacerdotes y confesores en el Convento de San Cayetano de esta corte a a quienes dio licencia el reo para que pudiesen revelar lo que les tenía comunicado en confesión, en razón de lo contenido en su articulado de defensas.

P 229 y B. En dicho artículo si era cierto había sido el Reo confesado con dichos Padres el haber entrado en la Congregación de francmasones de Marsella , que juró su observación sin ánimo de obligarse el Reo y solo con el fin de saber lo que allí se practicaba para denunciarlo.

P,230 a 233. Todos los Padres citados por el Reo dicen que aunque era cierto que se confesó con ellos,el Reo jamás tocó ni confesó semejante especie como la que en el artículo se expresaba. Al segundo artículo el reo si era cierto que expresó a dichos padres haber confesado lo referido en el artículo anterior con el penitenciario…..»

A esta nueva declaración sí le prestó todo su interés el Tribunal, hasta el punto de que, en contra de la opinión de médicos y cirujano del tribunal, se le da tormento en el Potro, tormento que supera sin desdecirse de sus declaraciones de inocencia en los cargos, lo que probablemente lo salvó.

Como fuere, llama poderosamente la atención la red de contactos familiares (Valenzuela en Sevilla), correligionarios (las beatas Salazar), contactos políticos (nobleza masónica), contactos en el extranjero (Marsella), adonde debió viaja,r en principio so pretexto de sus negocios, y la disponibilidad de capital para mover hilos, comprar comisarios del santo oficio, o falsificar documentos.

 

 

NOTAS

(1) Soria Mesa, Enrique: «Los últimos moriscos.Pervivencias de la población de origen islámico en el reino de Granada (siglos XVII-XVIII)» . Publicaciones de la Universidad de Valencia. Valencia ,2014.

 

(2) No es fácil adivinar los motivos  del empeño de Juan Agustín por escribir un tratado sobre Sto. Tomás de Villanueva, mas aun visto el rechazo que generaba en el nuevo vicario que el morisco llevara a cabo semejante tarea. El obispo agustino no destacó especialmente por una actitud favorable a las reivindicaciones de los moriscos valencianos y granadinos, si bien es cierto que, debido a la vigencia de la  moratoria de Carlos I,  tampoco le tocaron tiempos de ejercer con dureza su papel de jefe de la Iglesia valenciana. Tampoco el beato presenta un perfil que le acercara espiritualmente a un punto de diálogo místico con el Islam, como había sido el caso de Pedro Vaca de Castro, el Arzobispo de Granada que vio con buenos ojos el posible acercamiento del islam al cristianismo tras la aparición de los Libros Púmbleos y protestó con firmeza por la expulsión de los moriscos.

Quizás el único objetivo de Agustín  fuera nada más que, una vez tonsurado y profesado las Órdenes Menores, pudiera llevar a cabo un curriculum eclesiástico, mediante una figura poco conflictiva como la de  Tomas de Villanueva, destacado en su día por su austeridad y ayuda a los pobres.

 

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